Tzakbu Ajaw, la Reina Roja de Palenque

A Palenque, la joya arqueológica maya mejor conservada en el norte de Chiapas, hay que llegar con la reverencia que impone la majestad de sus templos milenarios en medio de una selva indómita que parece lista a caer sobre ellos y envolverlos en su abrazo devastador.

Los lugareños, adornados con collares y vestidos con túnicas blancas ofrecen recuerdos y llevar al visitante con premura, porque en dos horas pretenden mostrar todo lo que está permitido visitar, empezando de inmediato sus explicaciones. Por: Luis Alberto García

El recorrido comienza en una plazoleta frente al templo de la Reina Roja, que se levanta al lado del Templo de las Inscripciones, descubierto en  1949 por Alberto Ruz Lhuillier para asombro del mundo.

La curiosidad y casi obsesión de todos es la Reina Roja, a quien en ese sitio sagrado los descendientes de los mayas llaman la maga poderosa, revelada en 1994, cuando la arqueóloga Fanny López descubrió una puerta oculta al lado de la escalinata principal del entonces llamado templo XIII.

A través de un laberinto de pasillos y habitaciones clausuradas se llegaba al aposento mortuorio donde yacía la reina Tzakbu Ajaw, esposa del rey Pakal el Grande, sepultada en el año  672 después de Cristo.

El hecho de que una mujer mereciera un sarcófago resulta extraño a los hábitos del imperio maya; pero eso explica el gran poder que éste tuvo, en una época en que los esposos gobernaron juntos, porque Pakal le cedió parte de sus atributos de mando.

Ambos eran temidos por sus súbditos, sobre todo ella, dicen que por sus artes de hechicera, y quién temía a quién entre ambos, eso no se sabe; pero el rey Pakal la sobrevivió, y está enterrado en el fondo del Templo de las Inscripciones, al otro lado de la plazoleta.

Cuando levantaron la lápida del féretro de piedra de la Reina Roja, que no contaba con inscripción alguna para hacer más denso el secreto del destino de su cuerpo, los arqueólogos se encontraron con una osamenta teñida de rojo por causa del cinabrio con que el cadáver había sido cubierto para preservarlo.

Del color de esta sustancia mineral altamente venenosa, compuesta de azufre y mercurio, provino el nombre que le dieron, y es cuando los guías cuentan que los vapores letales del cinabrio harían, además, que quienes se atrevieran a profanar la tumba pagaran con sus vidas.

La reina Ajaw tenía sobre el rostro una máscara compuesta de más de un centenar de piezas de malaquita, con dos placas de obsidiana que simulan las pupilas, cuatro trozos de jadeíta que simulan los iris, dos conchas marinas a manera de orejeras, y encima una segunda máscara de jade.

En la cabeza conservaba una diadema, símbolo de su poder, y múltiples collares en el cuello y pulseras en los brazos, y en la tibia izquierda se había quedado prendido el capullo de una larva de avispa, tan milenaria como el propio cadáver.

En la cámara mortuoria había otros dos esqueletos y, hacia el poniente, el de un niño de entre ocho y diez años que había sido decapitado, y hacia el oriente el de una mujer, a la que habían sacado el corazón, parte ambos del cortejo que debía acompañarla en su viaje al reino de los muertos de Xibalbá.

Identificar a Ajaw no fue fácil, porque el cinabrio había borrado toda huella de ADN de sus huesos, y los genetistas, antropólogos forenses, paleoarquélogos y bioarquéologos de México, Estados Unidos, Canadá y Europa que se ocuparon de ella por años, tuvieron que recurrir a sus molares, donde al fin hallaron señales mitocondriales, y así supieron por fin quién había sido.

Karen Taylor, la más notable artista forense del mundo, logró hacer una reconstrucción facial que mostró el asombroso parecido con el rostro de la Reina Roja tal como aparece en los frescos del Templo de las Inscripciones donde se halla sepultado su esposo Pakal.

El sarcófago del monarca estaba cubierto por una lápida con jeroglíficos, levantada con ayuda de palancas hidráulicas el 27 de noviembre de 1952, debajo de la cual había una tapa de piedra que, removida, dejó ver los restos óseos y el ajuar funerario de Pakal el Grande.

La Reina Roja tenía una estatura de 1.58 metros y pasaba los sesenta años al morir, con un maxilar que aparta de la idea de que hubiera sido bella; pero poder, magia y belleza no siempre van juntos.

Padecía de sinusitis crónica, artritis degenerativa y osteoporosis en grado avanzado, de modo que estos males habrán contribuido a volverla contrahecha, además de que la dentadura mostraba también que su patrón dietético despreciaba las carnes.

¿Por qué tanto poder?  Es la preguntar al guía, que responde lo que antes ya ha insinuado: la magia, porque ella no sólo fue una reina, sino sacerdotisa, cuyos maleficios todos temían debido a que Palenque era la ciudad de la serpiente, que representa la fuerza femenina, y ella hizo que la corte de Pakal se rigiera por la hechicería.

La serpiente con anillos que se enrosca representa la energía cósmica, en su eterno regreso a la tierra mística de donde salió, y es que Ajaw encarnaba esa serpiente, como fue revelándose al ser descifrados los códigos de las lápidas de los sarcófagos.

Un siglo después de la muerte de la Reina Roja, tras un periodo de guerras sangrientas por la sucesión del trono, sequías y hambrunas como ocurrió en Calakmul, Palenque fue abandonado, y entonces el abrazo cálido y feroz de la selva sepultó a la ciudad en el olvido.

Y milenios después, si no es porque Ruz Lhuiller descubrió el Templo de las Inscripciones  en 1949 y la arqueóloga Fanny López dio con la puerta secreta de su tumba clausurada en 1994, nadie sabría hoy de la Reina Roja, de su sed de poder, de sus artes mágicas ni de sus ambiciones.

El 15 de junio de 2012, después de haber permanecido casi veinte años en la ciudad de México para su estudio exhaustivo, los huesos de la Reina Roja fueron resguardados en Palenque, sin que fuera posible regresarlos a su cámara funeraria original de donde, jamás, Tzakbu Ajaw hubiera querido salir.

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