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astl.tv

La grieta más profunda del Gran Cañón del Colorado

Enviado el Tuesday, 30 September a las 00:00:00
Tópico: Turismo / Ecoturismo

* Posible construcción de un teleférico junto al Parque Nacional.

* Esa alternativa divide en su reserva india a los navajo.

*  Forma parte del Patrimonio Cultural de América del Norte.

* The Confluence sería el lugar donde se construya.

 

Redacción / IK BALAM

Aurora, Colorado




El lugar se llama The Confluence, y hay que mirar a la derecha en un mapa del Gran Cañón del Colorado para darse cuenta de que, al Este, hay un afluente llamado Little Colorado, que se junta con el río principal en este punto: uno de los ríos es rojo o verde, según épocas, y el otro, azul.

El lugar donde se juntan se puede contemplar desde una cornisa a un kilómetro de altura. El paisaje, como en casi cualquier punto del Parque Nacional del Gran Cañón, corta la respiración. Para llegar aquí hay que conducir una hora y media desde Flagstaff, Arizona, la ciudad más grande que hay cerca del Parque.

Hay que entrar en la reserva india de la Nación Navajo, una carretera desierta en una planicie en la que, de vez en cuando, se ven puestecitos de bisutería india. Desde un punto llamado The Gap, hay que conducir otra hora y media más, en un todoterreno, hacia el oeste, por un camino imposible.

De pronto, el suelo se acaba y aparece The Confluence. Un lugar mágico al que nadie puede llegar, a no ser que emplee un día entero y lleve consigo un GPS profesional, encuentre a un indio navajo que sepa y quiera llegar hasta allí. Solo se puede ver desde el aire durante unos segundos con un vuelo turístico en helicóptero.

Eso puede cambiar en tres años si las cosas le salen bien a Lamar Whitmer, un promotor que ha puesto sobre la mesa un plan para convertir este lugar en un centro turístico. Whitmer quiere construir aquí un funicular, el único en todo el Parque, que llevaría a los turistas desde la cornisa hasta la orilla del río.

Se llamará Grand Canyon Escalade. En sus planes, hay una pasarela por la que pasear y una cantina en la que tomar algo y ver el Cañón desde abajo. Arriba, alojamiento, restaurante y un centro de interpretación. Una carretera de 41 kilómetros a través de la planicie facilitará el acceso.

Quiere empezar a construir en 2015 y verlo terminado en 2017. “Es económicamente y ecológicamente sostenible”, aseguraba el pasado miércoles en su oficina de Flagstaff, rodeado de mapas.

En esta zona, a un lado del río es Parque Nacional, protegido desde hace 96 años, y el proyecto es implanteable. Pero al otro es terreno navajo, soberano. Durante 50 años, debido a una disputa territorial entre los indios navajo y los indios hopi, en el área no se pudo construir.

Los pocos habitantes de la planicie no podían ni arreglar sus casas. La consecuencia fue la despoblación casi completa y una miseria profunda, incluso en términos de la deprimida nación navajo. Prácticamente no vive nadie.

Esa limitación se levantó en 2009, y fue cuando empezaron los planes. Whitmer promete al gobierno navajo entre el 8% y el 18% de los beneficios, según la afluencia, más un mínimo del 13% de impuestos.

Eunice Tso, geóloga, nativa de la Nación Navajo y socia del proyecto, dice que gracias a The Escalade “los navajo se llevarán un trozo del pastel de la industria del turismo”. La reserva está rodeada por parques nacionales.

“Este podría ser un punto de entrada de turismo de toda la zona”. Whitmer asegura que en cuestión de un mes el proyecto completo será presentado en el Consejo Navajo, el máximo órgano de la reserva, para su debate y aprobación. Está seguro de tener la mayoría. The Escalade cuenta con el apoyo entusiasta de la autoridad local.

Pero hay quien no piensa permitirlo. Renae Yellowhorse es una mujer navajo de 52 años que defiende que la construcción acabará con el modo de vida tradicional de la poca gente que ha sobrevivido a las dificultades en ese páramo durante generaciones.

Asegura que es “el lugar más sagrado” de los indios de la zona. La confluencia del río Colorado y el Little Colorado “es el sitio de donde venimos, lo primero que vemos al nacer”. Dice que no se opone al desarrollo, sino a que se haga precisamente ahí. “Tiene que haber otras opciones que no sean hacer un tren hacia el centro de nuestro lugar más sagrado”.

El promotor quiere empezar a construir en 2015 y terminar el teleférico en 2017. El constructor, Lamar Whitmer, asegura que “no hay nada en los archivos históricos que diga que es un lugar sagrado. Ni para los navajo ni para los hopi. Pueden decirlo, pero no está escrito en ningún sitio”. Las autoridades hopi, una especie de reserva dentro de la reserva navajo, también han expresado su oposición al proyecto.

Quizá no esté por escrito, pero la historia del nacimiento en la confluencia de los dos ríos es tradición oral de los navajo. Yellowhorse, graduada en una escuela de negocios, cuenta historias de sus deidades ocurridas en ese lugar mágico.

La de la Mujer Cambiante, que partió desde allí hacia el mar a encontrarse con su marido el Sol. O la historia de la Mujer Sal, que aún vive allí abajo. En esta tradición, el río Colorado es mujer y el Little Colorado es hombre. “Donde confluyen nació la vida”, explica Yellowhorse.

Otros navajo, sin embargo, aunque reconocen estas historias aseguran que el lugar sagrado en realidad está unos kilómetros retirado del punto donde se quiere construir.

A Yellowhorse la acompaña en su lucha Dolores Wilson-Aguirre, quien enseña en su tableta fotos de su familia en sitio en los setenta, para demostrar que tiene derechos sobre esa tierra. Asegura que desde el principio se le han ocultado los detalles del proyecto y no se ha contado con ellos. Whitmer lo niega.

Jason Nez, arqueólogo navajo de 37 años, se opone al proyecto y lo explica así: “Es como si yo voy a tu casa y digo que voy a construir un aparcamiento en tu jardín. Tú lo pagas y yo te doy una parte de los beneficios. Han dejado fuera la democracia, la participación ciudadana y la diplomacia”.

Cree que hay otras alternativas. “En el futuro, quizá se pueda hacer bien, hacer ecoturismo con números limitados. Pero sin construir una monstruosidad ni mancillar un lugar sagrado. Esto ni siquiera es ‘tómalo o déjalo’, es solo ‘tómalo”.

Frente a ellos, las autoridades locales de la zona navajo donde se quiere construir ven una oportunidad para que en la reserva haya, por primera vez, puestos de trabajo en el turismo. El índice de pobreza por estas tierras supera el 50%.

Los ingresos medios son de 17.000 dólares al año (unos 12.700 euros) frente a los 47.000 de Arizona. El desempleo oficial, registrado, supera el 24%. El informal es mucho más alto. La mayoría de los que tienen empleo en la reserva trabajan para el gobierno navajo. Los demás trabajan fuera, a gran distancia en coche, o venden artesanía.

Hay 350.000 navajo registrados. Unos 200.000 viven en la reserva. En la zona cercana al Cañón, 700. Renea Yellowhorse cuenta que, desde que se graduó hace 30 años gracias a una beca, nunca ha tenido un trabajo en la reserva.

Es una batalla legal, y también espiritual y de conservación de la naturaleza, y, el Cañón del Colorado es una grieta de entre 1 y 1,5 kilómetros de profundidad y unos 16 kilómetros de media de una cornisa a otra, a 2.000 metros de altitud.

El Parque Nacional del Gran Cañón, la zona protegida a su alrededor, abarca 433 kilómetros de recorrido del río Colorado. La superficie del parque, 4.900 kilómetros cuadrados. Lo más emocionante del Cañón es que es distinto según el punto desde el que se mire, o incluso el mismo punto, a distintas horas.

Pero para el turista medio, que visitará este lugar quizá una vez en su vida, es inabarcable. En el año 2012 lo visitaron 4,4 millones de personas. Solo 14.000 pidieron los permisos para pasar la noche en el campo. La inmensa mayoría pasará allí solo unas horas y no saldrá de la pequeña zona de hoteles y restaurantes.

The Escalade sería la primera alternativa seria a los actuales servicios del parque. Promete entre 2.000 y 3.500 empleos directos para los navajo. La perspectiva seduce a la autoridad local y a parte de los vecinos. Dolores Wilson-Aguirre reconoce el malestar con todo este asunto:

“Han dividido a las comunidades y a las familias. Gente que se saludaba todos los días ya no lo hace”. Yellowhorse pide que hagan el proyecto “en el terreno de la gente que vive en otros sitios y está a favor de esto”.

Esta oposición, que se cifra en unas 30 personas, es la que encuentra The Escalade dentro de los navajo. Pero las voces contra el proyecto también han llegado de fuera. Kevin Dahl, director para Arizona de la Asociación para la Conservación de los Parque Nacionales, clama contra esta “idea horrible”.

“Es el peor lugar posible. Es un lugar remoto, donde no hay agua y es sagrado para los navajo, los hopi y los zuni”, asegura. Dahl además cree que el las fronteras entre el Parque Natural y la reserva no están claras.

En algunos mapas, el límite del parque llega hasta la cornisa del otro lado, por lo que no se podría construir en la orilla del río. Arriba es navajo, abajo es federal. En cualquier caso, promete dar la batalla en los tribunales: “Los denunciaremos”.

“La gente ha pensado en un funicular para el Gran Cañón durante 100 años y siempre ha sido rechazado”, defiende Dahl. Cuando se le hace notar que otras partes del Parque sí se han desarrollado, responde que “dos errores no hacen un acierto”. Además, por principio, “dar acceso fácil a la naturaleza salvaje hace que deje de ser naturaleza salvaje.

Hay muchos sitios donde yo no puedo llegar, pero quiero que los dejen como están”. A principios de julio, el propio director del Parque Nacional dijo a la prensa que el proyecto del funicular era “una amenaza” para el parque.

Lamar Whitmar rechaza todos los argumentos legales contra su proyecto: “No nos dan miedo ni las autoridades del parque ni los opositores. No tienen razón”.

Entre los navajo que presionan a favor del proyecto están el expresidente del Gobierno autónomo y las autoridades locales. Perry Slim, el presidente local, cree que las protestas les han dado publicidad y ahora tienen más inversores interesados en hacer cosas. Asegura que obtendrán la mayoría en el Consejo Navajo en un mes.

Brian Kensley, gestor de la provincia donde se encuentra el proyecto, conducía el pasado jueves por la mañana su todoterreno hacia The Confluence. Iba por un camino de tierra sin principio ni fin que él llama “ruta india 6133”. Kensley lleva años diseñando un plan de desarrollo económico para este lugar, por eso da la bienvenida al funicular.

“Primero desarrollo, luego casas, luego servicios”, es su plan a largo plazo. Con él iba su hija de 21 años, Autum, que es madre de una niña de cuatro. “Me gustaría saber cuál es el plan de esta gente [los opositores] para esta zona.

Porque aquí hay problemas reales, no hay trabajo, ni casas, ni infraestructuras, ni seguros médicos”. Para Kensley, el área de The Confluence se puede compartir con el mundo entero y seguir siendo sagrado. “Acabo de leer que el año pasado el Gran Cañón generó 800 millones de dólares. ¿Y nosotros? Queremos una parte de ese pastel Queremos una vida mejor”.

El conflicto, como el Cañón, tiene mil caras y niveles. Es una batalla legal, pero también espiritual y de conservación de la naturaleza. Es una batalla política y entre tribus. También una cuestión de supervivencia de una comunidad muy pobre. Entre medias, mucho dinero potencial, pero los inversores no van a entrar en el proyecto hasta que todo esté un poco más claro.

Mientras, la familia de Yellowhorse se pregunta quién contará esas historias de la Mujer Cambiante y la Mujer Sal, cuando el lugar que ella considera la cuna de sus antepasados sea un parque temático con lista de espera. Y muchos navajo como Brian Kensley se preguntan si, por primera vez, sus hijos pueden aspirar a vivir de un trabajo en su propia tierra.

El caso contiene evocaciones musicales y cinematográficas, en las cuales han intervenido personajes como Geena Davis y Susan Sarandon, en 'Thelma y Louise'.

La abismal panorámica del coche de las fugitivas Thelma y Louise arrojándose con las manos enlazadas por el vacío del Gran Cañón del Colorado ahondó, en 1991, en la idea de que este paraje del Oeste norteamericano es algo más que una impresionante postal turística: es la puerta directa a otro mundo.

Ese mismo año, Lawrence Kasdan estrenaba Grand Canyon, película sobre un grupo de residentes en Los Ángeles cuyas vidas encerraban un fatal vacío: de fondo, el símbolo de este paisaje rojo, seco y vertiginoso.

El Cañón del río Colorado es, junto al Monument Valley (que se lleva la palma como gran paisaje mítico del cine estadounidense), el escenario perfecto para películas de aventuras de diverso pelaje (de Misión Imposible II a la serie MacGyver) o de historias donde hombre y naturaleza busca su comunión: de la mítica road movie Easy Rider al terrible relato Hacia rutas salvajes, de Sean Penn.

El equipo de la primera versión de El planeta de los simios (1968) sufrió las dificultades de trabajar en este paraje y la legendaria escena inicial de 2001 Una Odisea del Espacio (Stanley Kubrick) se benefició de este misterioso gigante.

Pero antes de todos ellos, un joven cuyo perfil a caballo se acabaría confundiendo con el mismo desierto de Colorado, John Wayne, debutaba en La gran jornada, de Raoul Walsh (1930), cabalgando entre los paisajes y grutas del Gran Cañón.

Para defender la pureza del country, el género musical de Norteamérica por excelencia, decía Johnny Cash que se trataba de una música apegada a la tierra, que formaba parte del paisaje, que latía con las estampas de la rica y variada naturaleza estadounidense.

Cash grabó en 1961 uno de los primeros discos conceptuales de la música popular en homenaje al Gran Cañón. A través de cuidadas sinfonías, sin ninguna incursión vocal, The Lure of the Grand Canyon recrea los sonidos y las evocaciones de la enorme garganta del río Colorado durante todo un día, desde el amanecer hasta la puesta de sol. La potente voz del músico sólo se deja oír en la última pista para narrar lo que supone “una expedición por esta maravilla”.

Pero Cash no fue la única gran figura del country en rendir tributo a este icono norteamericano. Varios músicos lo han hecho pero conviene destacar a Roy Rogers, rutilante estrella del country y del cine entre los años 30 y los 60, al que se conocía como el Rey de los Cowboys, quien le dedicó una emotiva balada incluida en la película Grand Canyon Trail.

Ninguna voz captó ese bienestar que produce ese impresionante paisaje como la de la deliciosa Jackie DeShannon. Con ese aire de pop melancólico, Grand Canyon Blues se incluyó en la reedición remasterizada y con pistas extras del fabuloso álbum Jackie.

Las últimas grandes aportaciones residen en los neoyorquinos The Magnetic Fields, que asociaron las vistas desde el Cañón con la pérdida del amor en su destacadísimo disco 69 Love Songs, y en los sureños Drive By Truckers, puntales del rock de raíces norteamericano, que escribieron Grand Canyon en homenaje a Graig Lieske, amigo y miembro del personal de gira del grupo.

Esta composición ha terminado por ser todo un himno de la experiencia que supone visitarlo. "Vimos a las rocas cambiar de color y a las sombras bailar… dejamos a nuestros espíritus hablar en silencio con las cascadas y condujimos a través del desierto… Pensaré en el Gran Cañón y se me dibujará una sonrisa".


 
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